Casa ajena

 

Una casa de paredes blancas y tejado rojo se levanta entre lo inconmensurable del bosque en una región que hace muchos años fue abandonada por la humanidad. Desea entrar pero sabe que las bestias pueden estar ocupándola, sin embargo, es más insistente la curiosidad. Bajo el techo siente un vaho invisible, tibio y algo cáustico, una mezcla de yerba y cachivaches quemados que quizás sean el vestigio de las muchas gentes que habitaron la casa. Es inevitable el crujir de las bisagras, las manchas de humedad en las paredes, untarse del espacio que en su origen fue dispuesto para el vacío y ahora invadido por las arañas y sus pegajosas estructuras. A medida que camina siente que la madera corroída va a estallar bajo sus pies y que se irá por el suelo, caerá a quien sabe que sótano donde quedará atrapado por el resto de sus días y aunque éste pensamiento le congele la sangre y en su vientre sienta el ligero vértigo de la incertidumbre, sus ojos no se desvían de aquel primer objeto que capturó su atención al entrar: el portón marrón al final del pasillo.

Sigue con más cautela dando un paso a la vez, presintiendo el próximo, con más polvo y greda, con más naturaleza descompuesta y las armaduras de los bichos que viven de ella crujen bajo sus suelas. Se acerca al portón, se da cuenta que no es marrón sino del verde que el tiempo le cobra al metal. Tiene una pequeña inscripción en el centro que no logra descifrar y esto le produce mareo. Empuja el portón y algo sucede: a medida que este se abre se hace más densa su presencia, siente que su cuerpo no tiene espacios que llenar, su cabeza pesa el doble y se hace un pedazo más de la madera seca.

El aire, casi líquido, parece absorbido por su cuerpo en la osmótica sensación que sólo produce la soledad total. Al otro lado del portón se escucha una melodía. La música es algo oscura sin dejar de ser alegre. Miles Davis, parece, en sus mejores años, en los años que lo rompió todo hasta quedarse solo y consumido en la vergüenza de sus vísceras. La puerta se abre a un comedor sin muebles, sólo la luz del día por un gran ventanal, se apodera de gran parte del inmenso salón. Al fondo, una silueta sin forma contra la pared, parece ser una mujer recostada en un taburete o algo parecido a la máscara de un dios africano. Junto a ella un antiguo tocadiscos de donde se origina la música. Sus ojos no dejan un detalle atrás. Parece que cada acto no correspondiese a un lapso de tiempo sino que un todo (muy familiar) sucediera simultáneamente. Una escena que a pesar de lo inusual no le es extraña y donde él ya no es un intruso.

El abandono hace parte de todo y él es algo más de lo abandonado. Casi entiende el sentido de esta caótica escena pero sólo logra intuir parte de aquel momento, de aquel salón, de cada paso dado y su alternante quietud. Caras familiares y pasadas, una película que había olvidado o un sueño. No hay motivo alguno para intentar la exactitud de la memoria cuando su atención regresa a la música. Todo esto sucede en un segundo, el mismo segundo en el que escucho la voz de una mujer pidiéndole que la deje sola. Ignorando ese ruego que se desvanece en el umbral de lo que se asemeja a un sueño, se acerca a ella. Percibir cada objeto a su paso es un código secreto revelándole que no hay marcha atrás. A sabiendas que está perdiendo el control, se deja llevar y se sorprende al percatarse que todo es magnífico, todo está bien. Recuerda la vez a sus doce cuando descubrió la masturbación, recuerda una vez hace mucho cuando en Bushwick probó anfetaminas y detestó a Bukowsky. Esta vez es distinto, un salto al otro lado de la jaula que trasciende las sustancias que corren por su cuerpo. Cada vez, la escena es más familiar, a medida que pasa cada instante parece que la sangre se hace más roja, un ave choca contra los ventanales, o es la rama de un árbol que también pueden ser unos dientes mordiéndole los labios. Aquella mujer deja de hablar dándole paso a un gemido casi imperceptible, pero se mantiene intacta, tal como la presintió desde el primer momento, tal como la inscripción en el portón que finalmente descifra: “Made in China”. Cuando piensa en tocarla, ella extiende sus piernas desnudas hasta una parte de la sala donde el resplandor del día no puede reflejar. Las paredes son simples premoniciones, se dice él, las paredes lo cubren todo, desde del cielo ventoso de ese agosto cuando se atrevió a vivir un poquito más y quedar estúpidamente enamorado de una chica que no volvió a ver. Omite a todo sentido común, a los consejos que alguna vez de los ancianos y termina aquí en el centro de su odisea, en un lugar en el que nunca había estado pero que muy bien conocía. Ella deja de gemir y abre sus brazos, descubre sus senos dispuestos a ser tocados, a ser detallados como parte de esa inmersión en la música inmensa del jazz, en el salón de la nada. El cae, como un árbol en la niebla, en el empalago de un espejismo, siempre fiel a su instinto. Abre los ojos y está rodeado herméticamente de una piel ajena, la de ella. Se siente fresco y fuerte pero aun más sensible. Huele a pino y a leche de almendras. El es ella. El queda atrapado en un cuerpo que deseaba poseer hace un instante en aquel sofá viejo del no se ha logrado parar hasta que regrese alguien que también se haya perdido en el bosque buscando su propia música.

 

Proto polvo

Tú me preguntas que pienso y no pienso

porque encadenado a cada segundo

la matriz empapada me llama con nombre de bestia

y tus piernas adyacentes a la herida del magma

rodando sin cesar por este horrible mundo

regresan con abejas moribundas y placeres muy intensos.

Pienso que no he pensado nada

y vivo bajo las cobijas de las últimas semanas

sea verdad o patraña

o sean las dos cosas

pero siempre dos

como tus dos labios

dos ojos

dos tetas clandestinamente rosadas

que me aceleran hasta la muerte.

Te quiero entera, te quiero

de la última glándula que brota tu primer sudor

al retrato de tu entierro donde clavo el primer palazo en el barro

de hongos y gusanos fecundados por la leche de todos los ángeles.

Se soltaron los caballos

voy en ellos moribundo de lo cotidiano

y que me trague la tierra desde el escroto

desde mi quejido en la madrugada

de la espuma que le sale a tu sexo antes de quedar dormida

y que erecto sacuda tu gruta de una vez por todas

y te despierte

y entiendas que eres la mujer más antigua y presente

que tu espalda de dolor te haga empinar las caderas hacia

el versículo primero de la biblia donde

los amantes de Jehová sorbían semen de su cáliz.

Mujer telúrica, ser hambriento de dios

atragántate de lo amoroso de mi saliva

que tus encías conozcan la velocidad de la luz

el temblor blanco y la noche hormonal.

No esperemos el fin porque simplemente lo estamos viviendo

de bruces entre tus nalgas donde claudicaré

como hombre oscuro y  mamífero valiente .

La raya blanca

La raya blanca

No era el típico entusiasta de su propia voz pero era tan esencial para el resto de las cosas que transcurrían alrededor de la hoja, de la mesa redonda, de los anaqueles de libros. En los talleres lo apreciamos porque no abusaba de la palabra. Yo digo que no usaba la palabra a menos que las circunstancias lo obligaran a mencionar cosas básicas como un permiso, unas gracias, un hola o un adiós. Se plegaba siempre atrás de toda audiencia, de toda tertulia, como si tuviera una cámara en sus lentes y una grabadora en los cojones que siempre tocaba como corriendo y pausando una cinta. Aunque era muy evidente, pareciera que a ninguna de las chicas presentes le incomodaba ese extremado afecto por sus partes. En ocasiones cuando el sarcasmo lo ameritaba, sólo se escuchaba de él unas risitas burlonas que parecían venir de ultratumba y unos suspiros de insatisfacción que delataban una inteligencia superior. Al final de la velada, nadie resistía la curiosidad por saber lo que aquel intelecto tenía que decir.

El tipo era un genio sin lugar a dudas, aunque en realidad nunca se ofreció a dar una opinión a menos que Gillian, el moderador, se lo pidiese. Eso sí, siempre pedía cigarrillos y cuando sólo había tabaco y papel para armarlos, pedía sin meya alguna, en medio de cualquier discusión o cualquier recitación, que enrollaran por él, o que le sirvieran el vino, o que lo dejaran colarse en la fila del baño porque su urgencia, como solía decir, era dos por tres, y por supuesto, nunca omitió su respectivo por favor y gracias. Lo respetábamos como ovacionando al silencio que era tan magnánimo en él. Creo que por eso ninguno de nosotros objetaba a lo que pidiera. No era simpatía lo que nos provocaba, era algo extraño e incluso ahora después de todo, la palabra precisa se me escapa y tal vez por eso se me ocurre narrarlo, contarlo tal y como lo recuerdo, que como todos sabemos, no concordaría exactamente con lo que en realidad sucedió. Contar esto no es fácil, escribirlo mucho menos; evocar el efecto que causaba la presencia de Cone es imposible pero lo procuraré en esta mal lograda crónica.

En ese tiempo se llamaba Cone o lo llamamos así. No sé qué fue primero, la cuestión es que él mismo se presentaba como Cone aunque la primera vez que llegó a la librería escuché su nombre de los labios de una de las chicas del taller. Dudo que haya sido un sobrenombre y dudo que si lo fue, haya tenido que ver con la popular caricatura. El tipo de pajarraco no tenía nada, al contrario, si me preguntan con qué pájaro lo identificaría, yo diría el gallinazo; si me preguntaran por el animal, yo diría que la larva, aunque no estoy seguro que la larva quepa dentro del reino animal y tal vez sea una pésima comparación. Entiendo que la larva es la fase por la que pasa un insecto antes de la adultez y tampoco pretendo decir que Cone era un tipo inmaduro, por el contrario, una larva es eso que en apariencia esta inmóvil, pero que adentro tiene todo el potencial para crear o destruir su mundo, o el mundo a su alrededor.

Lo que puedo asegurar es que después de ser testigo de lo sucedido en la librería de Pascual, no me cabe duda que el nombre Cone, es Nemrod al revés en millones de combinaciones diferentes con todas las otras letras del abecedario. Nemrod, “el primer tirano, autor intelectual del primer hibris, la torre de Babel, la primera gran confusión, el primer caos manufacturado por un ser humano y primer hombre autoproclamado vencedor de Dios”. Este nombre, como todos los nombres humanos, lo tenía marcado. Comenzó a frecuentar el taller en la librería de Pascual casi un año antes del incidente. Cuando llegó por primera vez, Nora estaba en plena lectura de un cuento que había escrito Mackenzie mientras el mismo Mackenzie, a lo mejor por vergüenza, se cubría la risotada con las manos. Cone abrió la puerta de la librería y todos nos quedamos mirándolo. Nora, que no se había percatado, seguía leyendo. El rostro barbado de Cone no decía tanto como su suéter gris de una gruesa raya blanca cruzando el pecho. Algo decía esa raya blanca, en el momento, tal vez más expresiva que su dueño. Cone se quedó mirando a Nora con atención. Cuando ella hizo la pausa, Cone ya estaba mirando a Pascual quien le indicaba con el dedo índice sobre los labios que guardara silencio. Parece que se tomó la petición a pecho porque desde entonces Cone, era ese silencio tan necesario en reuniones donde la mayoría de las veces se hablaba desde el contagioso ego de aquellos que pretendíamos ser escritores. El recuerdo de aquel incidente regresa como una patada en medio de las piernas; desde luego, Cone también tenía inquietud literaria y fue en un día de enero en el que caía una de aquellas apoteósicas nevadas de las que ya nos habíamos acostumbrado en la ciudad de Nueva York, cuando manifestó lo que no se debía haber nunca manifestado frente a esos que no teníamos la mas minima idea de lo que era la realidad, la maldición y la muerte. Apenas unos cuantos estuvimos en el taller, si no recuerdo mal, Pascual, Nora, Gillian, Dorotea, Franco y yo. A petición unánime, por primera vez se atrevió a leer un texto de los suyos que cambió por siempre las vidas de los que allí estábamos presentes. Despues de muchos fallidos intentos ante el fuego, aún conservo la copia del relato que Cone me dio. Aún me inquieta leer mi nombre con su puño y letra con esa caligrafía rúnica en la parte superior de la primera pagina.

rune 

En ese momento no me atreví a preguntarle por qué había marcado de manera tan inusual cada copia para cada uno de nosotros, pero es que todo era tan inusual en él. De vez en cuando lo leo para entender mis pesadillas. Ustedes me juzgarán de melodramático pero ahora, después de hacerlo público lo destruiré, y tal vez vuelva a dormir mejor. Así dice el texto cuyo original está totalmente escrito en comic sans y negrilla:

“Tres son los ojos del cielo que observan la barbarie humana reinando en la Tierra. Ozajap es el primero, el gigante, el acero, sus pisadas son las responsables de los grandes terremotos, de sus pulmones se originan los huracanes. Dios de alegría y desdicha, se jacta ante los otros dos ojos de su poder sobre la vida y la muerte y es adorado en las sociedades secretas que planean el dominio absoluto del mundo; El segundo ojo es Acitet, el morboso y enfermero, el ojo de la locura, las mutaciones, la soberbia de la naturaleza. De su mirada atroz dependen el placer sexual y los excesos. Es el ojo de los chamanes y el oráculo de los brujos. Hace milenios tomó la forma de una mujer que merodea desnuda por las selvas vírgenes de Borneo. El tercer ojo es Kram, el silencio absoluto, la oscuridad y la quietud de la soledad. Es la cumbre de las montañas más altas y lo más profundo del océano. Se mimetiza entre las dunas del desierto o en el polen que ha flotado por siglos en un estanque de un jardín zen en el Japón. Tan sólo un aborigen australiano lo ha visto de cuerpo entero. Los tres ojos andan por la tierra al final de los tiempos y a pesar de su insondable poder, les preocupa de sobremanera el divorcio de Jennifer López y Mark Anthony.”

Creo que fue general la opinión de los que estábamos allí presentes, aunque ninguno fue capaz de expresarlo, quizás por la sorpresa, quizás por la rabia, la inexplicable imposibilidad de manifestar algo en contra de este individuo. Recuerdo que hubo un silencio aterrador. La nieve caía y a medida que pasaba ese instante, se endurecía y golpeaba los ventanales de la librería. Don Cone se recostó contra su asiento sin levantar la vista del texto que había acabado de leer, a lo que Pascual dijo: “Chico, hay cosas que no podemos inventar”. A partir de esa sentencia, como por un artificio de las palabras, el grupo se dividió en dos: Gillian, Franco y Nora soltaron una carcajada casi en unísono; Dorotea, Pascual y yo seguíamos atónitos.

Desde ese momento todo sucedió con la extraña naturalidad de esa magia que sólo produce malestar y que parecía originarse en las coincidentes circunstancias que nos rodeaban: la tormenta, la poesía, la raya blanquísima acentuada sobre el gris de su buzo, un gris que era idéntico al de su barba. Desde su asiento miró a Pascual y le pidió, con un leve palmoteo en sus rodillas, que se sentara allí mismo. Pascual asintió. Y allí estaba sentado, 250 libras de lucha y vida por conservar su pequeña librería, en las piernas de este nuestro amigo, siempre tan desconocido. Pidió al resto que nos acercáramos diciendo que quería explicarnos su relato. Casi como un ritual aprendido de memoria cada uno de nosotros dejó su asiento y en un círculo alrededor de Cone nos sentamos en el suelo. Cone sonreía y explicaba como dando clases en un pre kínder. Recuerdo perder el sentido de lo que decía pero estoy convencido de que todo lo que salía de su boca era tan absurdo como perfecto. La deformidad de sus gesticulaciones era producida por la exagerada pronunciación de cada silaba. Su paladar emanaba saliva en pequeñas burbujas que llegaban a gran velocidad hasta nuestras caras. Nosotros, fascinados por su charla, recibíamos con nuestras bocas abiertas y con halago cualquier cosa que saliera de la suya como adorando al aguacero en una región desértica o como los pichones reciben el alimento masticado de su madre. El teléfono de la librería sonaba y ahora que lo pienso, ese timbre advertía el principio de lo horroroso. Yo no era nadie hasta esa noche. Era una frustración que practicaba algo como el autoerotismo literario, pero estar a los pies de Cone me daba una extraña llenura que pensé iba a ser indispensable por el resto de mis días. No recuerdo en concreto lo que nos dijo pero era como si nos hubiese revelado los secretos del oficio de la manera más dulce y diabólica. Cada uno de sus líquidos vocablos llevaba un apasionado paternalismo digno de un verdadero Maestro. La pe, la che, la ese llevaban la saliva del genio.

Todo regresa a mi memoria como una turbulencia, como una fisura en el tiempo. Después de beberme toda la baba de Don Cone, recuerdo estar boca arriba en mi cama mirando una mancha de humedad en el techo. Por dignidad propia, nunca más regresé a la librería y también dejé de frecuentar a los compañeros del taller. De vez en cuando recibía una llamada de Nora hasta que se volvió incomodo evitar hablar de esa época, de libros y de lo aburrido que se había vuelto todo después de aquella tarde.

Unos meses más tarde ingresé a la universidad y me inscribí en un curso de publicidad en redes sociales. En ese periodo me convencí que vivir se traducía en olvidar esa tarde y ese enero. Una noche después de una fiesta con mis compañeros de clase, regresé ebrio a casa, saqué todo lo que había escrito y que alguna vez creí de cierta calidad, lo llevé a un callejón y en un bote de basura le prendí candela. Esto oficializaba mi desprendimiento total de ese día, de Cone, de la falsedad que era la literatura. Sin embargo no me pude deshacer de aquel texto maldito. Pensé que al contar nuestras más dolorosas realidades empezamos a olvidarlas por completo. Nombrar las cosas es alejarnos de ellas. Entonces la magia funciona al revés. Ya he quemado esas páginas.

Un día, un par de años después, caminaba con mi novia, quien hoy es la madre de mis tres hijos, y en una esquina me pareció ver la espalda de Pascual o de alguien muy parecido a él junto a un carrito de compras buscando latas en una caneca de la basura. Inmediatamente descarté la posibilidad de que ese individuo fuese Pascual, pero sabía que no estaba equivocado. Me negaba a creer que la maldición hubiera llegado a esa magnitud y en esa persona. Siempre sentí gran simpatía por Pascual, antes de que se sentara en la piernas de Cone fue un gran amigo. Pero lo que más me impresionó fue que llevaba puesto un suéter gris con una raya blanca cruzando el pecho. Tomé a mi novia del brazo y cruzamos al otro lado de la acera. Nunca le pude dar una explicación menos creíble que la verdad. Esa noche ella me vio llorar por primera vez. Esa misma noche concebimos a nuestro primer hijo, Mark Anthony. 

Diego Rivelino. 2014.

Conociendo a Magdalena.

“¿Un poema, un cuento?  Un cuento que carezca de lo anecdótico y que entre líneas contenga toda la poesía posible. Que se revele como el más efímero acto de una vida cualquiera y pero que escandalice.

Busqué el lapicero para comenzar a escribir, aún con la vista fija en el techo del bus que iba de Filadelfia a Boston, no sin el desespero necesario en estos casos cuando la idea fresca puede ser fugaz. Escarbé hasta sacarme los forros de los bolsillos, vacié el maletín y desparramé en el asiento todo su contenido: Monedas de centavo, condones enmohecidos, papeles con garabatos, arena del mar, conchas del mar, escarcha de la fiesta del fin de año, un cortaúñas y un libro arrugado de Felixberto Hernández.

En el acto improvisar era vital para no perder el hilo de lo previamente pensado. Entonces eché un vistazo alrededor del bus tratando de hallar un alma caritativa y decente que aún, a pesar de la abrasante tecnología de los tiempos, poseyera aunque fuera un lápiz labial para escribir.

–¿Disculpe primo, de casualidad no tiene usted al alcance algo para escribir?

–No señor. Pero tengo tres hijos en El Salvador que alimentar…

–Gracias primo.

–¿Señora, es que necesito un lapicero, usted tiene uno?

–¿Para qué lo necesita?

–Bueno, quiero escribir algo que se me ocurrió ahora que miraba la velocidad de los carros.

– Lo que usted piense es lo de menos. Escuche a Cristo, él es el camino de la Verdad y la Vida. Lo que usted piensa lo llevará a la perdición y además…

– Gracias señora, muy amable.

En la última hilera del bus, allá donde todo el mundo desea sentarse para ejercer el control visual de los demás y donde casi siempre se suele encontrar dos o más asientos vacíos para estirar las piernas, allá, como un capullo, vi una mujer con las piernas encogidas mirando la velocidad de los carros que pasaban por su lado. De algún modo me recordó a Claudia Cardinale. El largo pelo castaño le cubría las rodillas dobladas y esos dientes blanquísimos y tan perfectamente cuadrados mordiendo la punta de su dedo pulgar. Esa imagen degradada a la décima potencia bien podría ser un retrato en una vitrina de American Apparel. Supe que ella era la que tenía el lapicero, era ella la que iba a salvar la idea que en ese preciso instante era como el fuego fatuo de una tribu pre humana en la manos de un niño a punto de morir de neumonía. Ella era la que me ayudaría a escribir algo valioso para la posteridad. Algo que por su inutilidad fuese lo más grandioso, como todo debe ser.

–Perdone señorita, necesito algo para escribir urgentemente.

–Soy yo la que buscaba

–¿Usted cree?

–La del lapicero. Mire acá tengo una caja de lapiceros clasificados por color… venga siéntese a mi lado que no muerdo.

–¿Usted cree?

“Esta debe ser una puerta interdimensional que abre a diferentes niveles del paraíso. Escoger el lapicero designado por ella me otorgará la entrada a una de esas puertas. Debo actuar con suma cautela”.

–Como le decía, tengo azules, rojos y negros, de punta esférica…

“Si le pido uno rojo de punta esférica, serían muy obvias mis intensiones. El azul… no, ella no es de ese color, ella es de las que le patea las pelotas a los príncipes azules.

–El negro de esfera por favor.

–Es el mejor para llenar solicitudes de empleo. ¿Está buscando trabajo?

–¿Usted cree?

De pronto toda mi atención se dirigió a las rodillas de la muchacha apenas su cabello las descubrió. Eran redondas y al doblarlas, unos arcos de carne sobresalían a los lados continuando en una sutil ondulación que terminaba en las pantorrillas, y ¡qué pantorrillas por todos los santos! Como la piel estaba estirada, brillaban y tenían un pequeña marca, que parecía una cicatriz que se había hecho cuando niña.

–¿Es esa una cicatriz que usted se hizo cuando niña?

–La verdad se la confesaré, ya que usted siendo un desconocido, está en una posición en la que no puede usar mis secretos en mi contra.

–¿Y si dejo de serlo? pienso que después que una persona le confiesa un secreto a alguien, este deja de ser un desconocido.

–Después que le cuente mi secreto, si usted deja de ser un desconocido, tendré que matarlo–

El tono que uso en su voz era muy convincente. Hubo una pausa en la que imaginé los hechos inmediatamente posteriores a mi muerte y antes de terminar de proseguir en mi cabeza la serie de nombres y lugares a los que viajaría la noticia, ella soltó una carcajada y empezó su relato:

“En mi séptimo cumpleaños me diagnosticaron con una enfermedad terminal. Ese mismo día después de visitar al médico, quien me explicó lo que me sucedía, no sin lágrimas en los rostros de mis padres, recibí un par de patines. Sin mucho preámbulo me deshice de la caja que los contenía, le puse las agujetas, me los probé y salí embestida por la puerta de mi casa ante la mirada angustiada de mis padres. Los patines eran muy bonitos pero muy livianos para coincidir con aquel tema de mi muerte. Una vez en la avenida, tomé una calle cuesta abajo, y creo que sobrepasé los treinta kilómetros por hora. Debían ser como las cinco de la tarde cuando más tráfico hay en la avenida y llegando al cruce del semáforo sentí la necesidad de vencerlo. Tal  vez infringir esa señal de transito fuese una compensación contra aquello que me estaba pasando y que estaba fuera de mi control. Entonces incliné el cuerpo  y puse mis manos atrás como hacen los esquiadores antes de dar el triple salto mortal. Me dejé llevar por la inercia. En ese momento la gravedad hizo lo suyo y a pocos metros del cruce peatonal vi un cachorro cruzando la calle. Mi intención no era matarme, igual me iba a morir, tampoco acabar la vida de una inocente criatura. Logré comerme el semáforo, esquivar al animal y los carros que frenaron en seco pero terminé tirada en un jardín de rosas blancas al otro lado de la calle. Pétalos de rosas blancas por todo mi cuerpo, como el presagio de lo que me iba a ocurrir en un par de meses. Allí quedé tendida por un par minutos contemplando el cielo nublado, escuchando el tráfico de la ciudad, el cachorro ladrando y viendo las ruedas de mis patines aún dando vueltas. Me despedí de todo.”

–Y me imagino que fue en ese accidente que se hizo la cicatriz

–No, no, esta cicatriz no tiene nada que ver con mi historia–

–Pero ¿usted sigue viva, no?

–Si, de hecho, después de un tiempo los médicos no hallaban explicación alguna a mi repentina recuperación y aquí estoy vivita y regalándole lapiceros a un desconocido.

–Sigo siendo un desconocido, que bien, ya ve usted, por un momento yo también creí que iba a morir después de escuchar su historia.

–Hola, me llamo Magdalena–

–Mucho gusto, Rivelino–

 

Del ébola y otras desavenencias

Del ébola y otras desavenencias

Madre tierra devora los gusanos de los hombres

que uniformados yacen en ella.

Todos nacemos volátiles y al respirar desde la placenta,

enfermos.

Entonces, traguemos petróleo como los pájaros.

¿Qué más queda?

Y que nuestros enfisemas

sean la brea de las avenidas futuras.

Y desde luego, que de la comida orgánica

no nos quede sino la mierda.

Máximo Ceniza

 

La poesía no es lo que esta en el libro. Es el acto vivido antes de escribirse y revivido al ser leído. Más que un estilo de vida es la rigurosa actividad que exige experimentar la existencia más allá de la inmediata percepción de lo que creemos o entendemos es la realidad.

Mutarse en el flaneur baudeliriano sin el sombrero de copa ni el bastón, para sumergirse en la caótica parafernalia de las multitudes. Desde el anonimato interiorizar el aquí y el ahora con la intención de esclarecer aquellas cosas que por lo obvio de su cotidianidad siempre pasan desapercibidas.

En ocasiones apremia la necesidad de ser parte y es inevitable hacerse uno más de los inadvertidos festejos (los rituales sociales no son más que fiestas de responsabilidad vital enmascarada de prudencia). De vez en cuando se necesita la comodidad de no ser el ente extraño que reclama su individualidad. De cuando en vez el cuerpo exige su complacencia en los otros, volver a la comodidad del colectivo, incluso llegar a saborear sus prefabricados placeres. Unirse al tejido de hombres y mujeres que trenza las calles sin tener conciencia de ser y olvidando lo que se había venido a hacer entre el tumulto. Dejar que sus normas dirijan cada momento y así zafarse de toda responsabilidad hasta el punto extremo de asistir a una misa o un partido de fútbol, persignarse cuando regrese el miedo de estar solos entre los otros o gritar insultos a los jugadores del equipo contrario, los otros de los otros. Puede que este justificando una clase de hipocresía. También es posible que vivirla en carne propia nos lleve a un mejor entendimiento del sentido de nuestra existencia como especie; o simplemente tan solo sea la manera practica para afrontar aquellas cavilaciones acerca del distante futuro cuando la decrepitud no nos permita orinar por nuestra propia cuenta.

De cualquier manera la poesía como el acto antes de escribirlo, es capturarlo, esconderlo de la luz para que nadie lo vea, trazar coordenadas en un islote desierto, especular en las posibilidades, tirar una suerte de tarot con las palabras y al final cuestionarse y siempre cuestionarse: ¿Es esto ser poeta?.

DR.

1:1

Gombrowitz en sus últimas seis horas y cuarto de clase de filosofía dice acerca de Schopenhauer:

“El artista en general, no actúa mediante los conceptos de la lógica, mediante abstracciones, sino que posee una intuición directa de la voluntad de vivir en el mundo. Por esto comprueba Schopenhauer que la literatura discursiva, que quiere demostrar algo, no basta para nada”…”el genio es desinteresado (como un niño) se divierte con el mundo. Siente sus atrocidades pero se regocija en esas atrocidades”.

A eso se cae uno de trompa:

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“Through the chaos of life” by Hela Helica Zidovnik Lesac

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En el principio había creído en el encierro, el silencio, el juego tenue de las luces oblicuas como la fórmula precisa para el ambiente propicio de un creador. Pero al llegar el verano, y viéndose obligado a abrir puertas y ventanas, se dio cuenta que su aventura estaba supeditada a aquellos ojos externos superiores a él. Crearía para los demás y se sentiría vivo al advertir que su obra se relacionaba con esos “otros”. El lugar donde estaba era caótico, todo en su no lugar. El orden existía como una idea la cual desaparecía ante el persistente flujo inventivo. El mundo de sus teorías cedía al mundo de los hechos y, al abrirse, al destapar sus planes, al funcionar como un creador enfrentado a otros, ese tiradero de cosas, cobraba un sentido. A pesar que ese caos solo fuese un juicio estético, el susodicho orden que era tan natural al encierro se desvanecería. Entonces lo primero que hizo fue hacer aparecer una voz que lo sustituyera y que después de varios intentos fallidos al final dijo:

En el principio creó Dios los cielos y la tierra…

DiegoRivelino